Harg ‘La Cólera’

Nombre: Harg, “la Cólera”.

Personalidad: Reservado, directo y de pocas palabras, pero con una presencia que impone sin esfuerzo. La furia que le dio su apodo sigue viva bajo una capa de calma tensa. No busca admiración, pero su autoridad es incuestionable. Su sentido del deber mezcla el honor rudo del mar con la lealtad propia de una tripulación desaparecida. Tolera a los niños con sorna, desprecia a los engreídos y se vuelve peligrosamente silencioso si alguien menciona su pasado.

Descripción física: Semiorco de cuerpo robusto, hombros anchos y brazos que conservan la fuerza de otros tiempos. La piel curtida por el salitre, la barba descuidada y su andar firme le dan el porte de un viejo capitán. Acusa el peso de los años en las rodillas, pero aún puede levantar una carga que doblaría a dos hombres. Siempre fuma de una pipa con forma de navío, de la que brotan volutas que huelen a sal y humo viejo. Viste como un veterano del mar: chaleco de lona desgastado, cinturón de cuero ancho y pantalones remendados. No lleva armas a la vista, aunque todos saben que el ancla de su antiguo barco, colgada junto al embarcadero, fue su arma predilecta. Las cicatrices de sus brazos narran una historia que él nunca cuenta. Los niños del bastión lo veneran: se susurra que es capaz de levantar una embarcación, y aunque él nunca lo confirma, sonríe cada vez que oye su apodo en boca de los pequeños.

Quirks: Fuma constantemente de su pipa con forma de navío. Dice que si se apaga, el barco se pierde. A veces, al atardecer, se queda solo en el embarcadero mirando al horizonte, como si esperara algo que nunca llega. Nunca trabaja bajo techo porque afirma que las paredes ahogan el alma. Desconfía de la magia, ya que nunca la ha entendido del todo, y prefiere las herramientas, las sogas y cualquier cosa que se pueda agarrar con las manos.

Historia: Originario de un lejano reino del continente, llegó a la isla de los Grifos hace casi dos décadas. Vivió todo este tiempo en Surlt sintiéndose un extranjero y añorando el olor a sal en el aire, lo que le llevó a instalarse en Fuerte Brillante. Antiguo pirata, capitán de un galeón que surcaba los mares, se ganó su apodo por la furia con la que combatía y por el temor que inspiraba en cada puerto. Dicen que un día, sin más, apareció solo en la Isla de los Grifos, con su ancla a cuestas y sin explicación. Desde entonces, ha seguido con su vida, sin dar motivos ni pedirlos.

Ocupación: Capataz del embarcadero. Supervisa cargas, organiza turnos y mantiene el orden sin necesidad de levantar la voz. Asegura la disciplina con una mirada firme y reglas sencillas. Las autoridades confían en él, aunque pocos lo entienden del todo. Su presencia basta para que las cosas funcionen.