Detalles del relato

  • Fecha de la Partida: 2025-06-15
  • Aventura: 18 - Llamado a la Acción
  • Autor: Broldan
  • Jugadores: Elysia, Adoh, Ganjalf, Caelus, Broldan

Esta expedición empezó sorprendentemente bien. Por una vez, preparamos tan bien los aparejos de viaje que el trayecto resultó casi… agradable. Cociné con esmero —y con mucha mantequilla— comidas tan deliciosas que incluso libraron al grupo del mal de la tormenta. Los druidas, contentos con mis guisos, me regalaron un caldero mágico. Dijeron que me ayudaría a cocinar mejor. Todavía no sé cómo funciona, pero se ve bonito.

Llegamos sin contratiempos a la Torre de Yelmalio, y allí, con la ayuda de unos espejos, Caelus el Señor Sedoso intentó canalizar la luz celestial hacia el altar de la Devoradora. Mala idea.

En cuanto la luz tocó el altar, un elemental de sombras emergió con un rugido que hizo temblar las piedras. Le atacaron con varios conjuros de luz, mientras yo le daba con todo lo que tenía a mano. La criatura exhaló un vaho nauseabundo que nos drenó las fuerzas, pero al final, una poderosa saeta de luz acabó con ella.

Al borrar el altar, se escuchó un aullido profundo que venía desde lo más hondo de la montaña. No sé qué despertamos, pero no sonaba amistoso.

Nos adentramos después en las cavernas de los orcos, y menos mal que alguien recordó las trampas. Lord Hector, un tipo más enclenque que un esqueleto mojado, pero con manos de relojero, fue desactivándolas una por una. Lo hizo tan bien que incluso se quedó con el mecanismo de una de ellas.

Avanzamos hasta una zona en la que ya habíamos combatido en el pasado. Para descender por el ascensor minero, elaboramos un plan: ellos lanzarían hechizos desde lo alto mientras yo… bueno, observaba. En teoría.

La realidad es que al bajar, Adoh lanzó una explosión mágica tan potente que reventó a media horda orca… y de paso despeinó a Caelus, chamuscó a Lord Hector y le dio a Elysia un peinado nuevo. Le queda bien el cardado, eso sí.

Yo, en ese combate, no hice absolutamente nada. Así que me quedé ávido de sangre. ¡JAJAJA!

Lo compensé llenándome la mochila con diversos trozos de mithril que encontramos.

Seguimos explorando como auténticos insensatos y llegamos a una sala donde se alzaron unos enanos muertos vivientes (ojalá encontrar uno vivo alguna vez). Elysia, con una invocación a Yelmalio, los redujo a cenizas. La sala parecía una armería, y allí encontramos un martillo de guerra consagrado a Moradin. Como no podía ser de otro modo, Elysia se lo quedó también.

(Empiezo a sospechar que Moradin me tiene mania por no ser Enano. Nunca me toca nada suyo.)

Intenté abrir la sala contigua embistiéndola, pero solo conseguí un buen chichón. Lord Hector, con más maña que fuerza, logró abrirla. Era una forja ancestral, y dentro encontramos un cofre con trampa eléctrica que le dio aún más volumen al cardado de Elysia, además de un valioso trozo de adamantita.

Seguimos investigando y abrí la puerta de los barracones. Dentro nos esperaba un ghast acompañado de una panda de necrófagos. El combate fue caótico. Cada uno luchó como pudo y, por si fuera poco, el ruido atrajo a unos horribles flanes (no, no de postre). Descubrí, con horror, que eran inmunes a mi jabalina de relámpago.

Nos vimos obligados a luchar con todo: Elysia invocó a los espíritus de Yelmalio, yo usé cada objeto mágico a mi alcance (menos el caldero, sigo sin saber para qué sirve), y los demás se defendieron como pudieron. Algunos hablaron con animales, otros se curaban… ya ni sé.

Los flanes, asquerosos como ellos solos, se dividían al recibir daño. Pero gracias a mis rayos de fuego, los ballestazos de Lord Hector y más rayos de luz de los druidas, los acabamos venciendo.

Exhaustos, registramos los barracones. Encontramos algunas gemas, monedas de oro y poco más. Decidimos que era momento de regresar a Puerto Soldado. Seguir adentrándonos habría sido un suicidio.

**Volveremos. Más sabios, más fuertes… y, espero, con mejor suerte.