Detalles del relato

Nos volvió a reunir Ganjalf en la taberna, con esa mirada suya de “esto no es negociable”. Quería terminar de explorar la cueva de las momias. A mí solo de oír “momia” se me eriza el pelo del cuello. Pero no podía dejar que se metiera allí solo. Aunque me temblaran las piernas, me uní.

Preparar el viaje nos llevó lo suyo. La cueva quedaba a varios días. Adoh trazó el rumbo con sus mapas, brújulas y esas cosas de gente que sabe leer. Ganjalf estudió el clima y nos avisó de una tormenta tropical en el camino, así que ajustamos el equipaje. Yo cociné un estofado de jabalí con lo que quedaba del anterior (lo había conservado en sal: si lo haces bien, aguanta más que un enano en una taberna).

A medio camino, vimos un resplandor rojizo y una columna de humo que salía del bosque. Nos acercamos con cautela y descubrimos a un elfo en combate con una salamandra de fuego. Justo cuando iba a estrenar mi flamante tiara de rayos de fuego, me di cuenta de que… bueno, fuego con fuego… ya sabes. Así que tiré de lanza de relámpago y le lancé un buen chispazo a una segunda salamandra que apareció cerca de Adoh y Ganjalf.

Mis espadazos parecían no hacerles mucho daño, pero los conjuros de vida y rayos de los druidas fueron debilitándolas mientras yo me iba churrascando. Al final las vencimos. El elfo, agradecido, se presentó como Rinariel, miembro de una patrulla élfica. Su compañero, Raniyel, había muerto. (Sigo sin entender por qué los elfos se ponen nombres tan parecidos. Dices “BLEBLERIEL” y vienen siete.)

Rinariel nos contó sobre una dríade desquiciada que andaba sembrando el caos en el bosque. A saber si está poseída por algún dios maligno. En esta isla parece que si levantas una piedra, sale uno.

Explorando la zona, encontramos los restos de un campamento. Había señales de haber jugado con fuego mágico, cristales rotos (que, según los druidas, se usaban para contener elementales), y marcas que indicaban que el campamento pertenecía a un acólito de Yelmalio que se había perdido por allí. Mala suerte.

Por fin llegamos a la cueva. Hicimos un pequeño descanso y entramos por la catarata. El agua rezumaba un líquido negruzco. La oscuridad era espesa, casi viva. Había cadáveres de varias épocas, armaduras corroídas, huesos partidos. Exploramos un túnel sin salida donde hallamos un carro lleno de restos y unas setas con la parte superior untuosa. Ganjalf recogió algunas para analizarlas.

Seguimos adelante hasta que tuvimos que cruzar un riachuelo pútrido. Ganjalf resbaló y cayó al agua. Salió gritando que algo con manos frías intentaba arrastrarlo. Conseguimos sacarlo a tiempo, pero el susto no se lo quitó ni el pan con mantequilla.

Atando cabos, dedujimos que aquel lugar había sido guarida de un antiguo nigromante. Encontramos una espada mágica con símbolos de Orlanth, el dios de las tormentas.

Más adelante, una calavera flotante con ojos brillantes apareció, murmurando conjuros oscuros. Invocó una sombra que se lanzó contra nosotros. Yo aún no me había hecho a la nueva espada, así que usé la de luz para aporrear la calavera. Poco daño le hacía, pero los hechizos de Ganjalf y Adoh fueron claves. Cuando la calavera estalló en llamas, supimos que era una especie de guardián.

Tras ella se abría una gran sala con un monumento funerario. No había muchas pistas, pero recordando historias de mi abuelo, juraría que se trataba de una tumba de Orlanth, que alguien había intentado destruir con magia oscura.

Adoh nos explicó que la sala había resistido un hechizo de gran poder, pero que había quedado marcada por su impacto. También encontramos parte del diario de una persona atormentada, alguien que parecía haber fallecido allí mismo, desangrado por sus heridas.

Volvimos a la caverna y sobre el agua negruzca, llegamos a la conclusión de que su toxicidad provenía de los cadáveres en descomposición. Tendremos que dejar que el tiempo y la naturaleza hagan su trabajo.

Sin más caminos por explorar, y con el cuerpo cargado de tensión, regresamos. Dejamos atrás la estatua de Aigonus, héroe de Orlanthis, que parece que nos observa con esperanza.