Detalles del relato

Acompañamos a Broldan en su causa justa de ganarse el favor de los enanos, un pueblo tan misterioso como hermético. Sabíamos que no sería sencillo. Nuestro primer paso fue acudir al taller del herrero enano de Nidik. El enano nos escuchó en silencio nuestros requerimientos, con los ojos entornados, y su “ayuda” fue tan escueta como peligrosa. Si queríamos que nos mirasen con otros ojos, debíamos abatir a su enemigo mortal: los trolls que estaban asfixiando sus rutas comerciales y, con ello, su economía. Con la escasa información con la que contábamos, nos internamos en el paso de montaña.

El frío nos mordía la piel y el aliento se volvía escarcha ante nuestros labios. Tras horas de avanzar con dificultad, encontramos un cañón donde decidimos refugiarnos. Tomé la primera guardia. La luz de Yelmalio siempre me acompañaba, pero incluso así, la oscuridad del lugar era inquietante. Entonces lo sentí: una vibración profunda en la pared de roca. Alcé la vista y vi a una extraña criatura rocosa llamada Bullete.

La bestia embestía la piedra, provocando desprendimientos. Sin pensarlo, interpuse mi escudo entre los cascotes y mis compañeros dormidos, y grité con todas mis fuerzas para despertarlos. No era uno solo: eran dos.

La batalla fue feroz. Aquellas criaturas tenían una fortaleza casi imposible de quebrar. En un momento dado, uno de ellos se ocultó bajo tierra y emergió de improviso; de no ser por la rápida levitación de Caelus, lo habría destrozado. El resto nos lanzamos al combate con todo lo que teníamos. Finalmente, logramos abatir a uno, y el otro, herido, huyó de nuestra posición.

No hubo descanso. El peligro seguía acechando y el deber nos empujaba a seguir hacia adelante. Más allá, en el paso de montaña, encontramos una escultura de facciones enanas. Sostenía una cesta, como si exigiera una ofrenda. Observamos unos huecos tallados con precisión, claramente tenía que colocarse algo en la cesta que accionaría algún tipo de mecanismo que desconocíamos. Probamos con varios objetos, pero ninguno encajó. Así que seguimos hacía adelante.

Seguimos unas huellas que no dejaban lugar a dudas de que se trataban de trolls. Los encontramos asentados en una cueva, numerosos y confiados. Tuvimos que ser astutos. Tras varias tretas logramos atraer a parte de ellos fuera. Héctor fue letal, asestándoles proyectiles que los dejaron malheridos, mientras Caelus, con sus muros de fuego y elementales, diezmaba sus fuerzas con rapidez.

Broldan y yo nos adelantamos, provocándolos, atrayendo su furia para que el resto pudiera atacarlos desde todos los flancos. El combate fue encarnizado, una lucha de luz contra oscuridad, de fe contra la brutalidad. Finalmente, el fuego purificador de nuestras armas acabó con ellos de forma definitiva.

En su guarida —oscura, húmeda, nauseabunda— encontramos varios objetos de manufactura enana. Al verlos, supimos que eran los objetos que encajarían perfectamente en la cesta de la escultura enana. Regresamos hasta ella y, al colocarlos en los huecos, el mecanismo cobró vida. La protección descendió y, ante nuestros ojos, se reveló por fin la ciudad enana.

Nos recibieron con desconfianza, como era de esperar. Pero al mostrarles la prueba de que habíamos eliminado parte de la amenaza que bloqueaba su comercio, su actitud cambió. No diré que ganamos su favor —eso sería mentir—, pero sí abrimos una puerta. Se mostraron dispuestos a colaborar con nosotros en el futuro.

Aun así, para que los enanos nos consideren realmente dignos, aún quedaba un enemigo por abatir. El peor de todos. El gran chamán trol. Pero esa será otra historia.