Detalles del relato

Nuestra expedición se volvió interesante al llegar a colinas Zutxko, donde decidimos sacralizar el terreno con un ritual. Erigimos un tótem con forma de perro y nos pusimos a bailar alrededor como unos salvajes. Puede que pareciera ridículo, pero el desasosiego que sentimos se aplacó, al menos parcialmente.

Seguimos después las huellas del minotauro, que nos condujeron hasta una zona desértica y yerma. Allí, entre árboles secos y retorcidos, encontramos una visión inquietante: un lobo gigante sacrificado en honor a la Mano Ardiente, aquella entidad oscura que ya hemos tenido el disgusto de conocer. Junto a los restos, se distinguían huellas extrañas, de lo que parecía un lobo bípedo.

Acampamos con la vista puesta en la montaña de los grifos, que se recortaba a lo lejos como una amenaza silente. Esa noche, Esteffan nos alertó de que unos lobos terribles nos vigilaban desde las sombras. Por suerte, no atacaron.

Decidimos dejar las huellas del minotauro atrás, que se perdían hacia el noreste, y continuamos nuestro camino. Subimos una pequeña montaña para tener mejor perspectiva, y ahí ocurrió lo inesperado: Esteffan subió metido en mi caldero mochila porque, según él, “estaba cansado”. Si es tan flojo no se por que se mete en una expedición, que se ponga a contar monedas o algo.

Desde lo alto vimos cómo una almenara se encendía en la distancia. No sabíamos si era señal de ayuda o advertencia, así que, fieles a nuestra costumbre de IGNORAR SEÑALES EVIDENTES, la pasamos por alto y nos dirigimos hacia un pantano cercano.

Cruzarlo fue tan asqueroso como cabía esperar, pero al otro lado encontramos otra almenara, esta vez custodiada por la tribu del Mono Rojo. Nos hablaron de los acólitos de Kaldaris, seguidores de la diosa de la muerte, que estaban pidiendo ayuda. Mencionaron también un sótano maldito. Al que espero bajar a hacer limpieza pronto.

Uno de ellos, Zrack el Mono, nos contó que su abuelo había sido maldecido por la misma entidad oscura: la Devoradora de la Mano Ardiente. Quitando esto, fue un encuentro agradable, los monos eran simpáticos. Mas allá de su puesto de vigilancia se veía un desierto gigante, donde se dice que viven hombres lagarto.

La tribu del mono rojo nos enseño otro camino, para poder volver a la almenara sin pasar por el asqueroso pantano, y encontramos algo reconfortante: una estatua de la Abuela Celestial Por lo visto alguien intento destruirla, pues estaba rodeada de escombros, sin embargo la estatua se conservaba intacta. Kyran descubrió, que si vertía agua en el cuenquito de la anciana esto generaba un efecto mágico, que nos hacia sentirnos como si hubiéramos pasado la noche en una cama mullida y calentita cual rollitos de canela.

Más adelante, dimos con un grupo de acólitos de Kaldaris que estaban siendo atacados por zombis… y un **osobuho zombi. Les ayudamos a combatir a los no muertos pero no pudimos salvarlos a todos y ellos, en agradecimiento, nos guiaron hasta su templo.

Allí descubrimos la gravedad de la situación: un nigromante estaba alzando cada vez más cadáveres en la región. La diosa Kaldaris, pese a ser patrona de la muerte y la noche, resultó ser una deidad benigna que vela por el descanso eterno. En su nombre, los acólitos intentaban contener la corrupción.

Tras prestar nuestra ayuda y recibir sus bendiciones, regresamos finalmente a Puerto Soldado, con mas problemas abiertos que resueltos…