Detalles del relato
- Fecha de la Partida:
- Aventura: 30 - ¡Toc toc, zorras!
- Autor: Elysia
- Jugadores: Kyran, Caelus, Elysia, Broldan
Kyran nos convocó a una nueva expedición que, para muchos, sería motivo de recelo y murmullos. Su obstinación por hallar respuestas en los vestigios de los Aprendices de los Dioses nos empujaba siempre a los márgenes de lo permitido, allí donde los secretos habían dormido durante siglos bajo capas de polvo, miedo y olvido.
Nos aventuramos hasta las cercanías de Ockless, donde dimos con un antiguo cementerio: un lugar imposible y perturbador, en el que yacían juntas familias de Surlt y de Ockless. Aquellas tumbas eran un testimonio silencioso de una era remota en la que ambas ciudades convivieron en armonía, antes de que el rencor y la guerra borraran toda memoria de ello. Supe entonces —y lo supe con la certeza que concede la luz de Yelmalio— que aquel lugar estaba corrompido, y que pocos de los allí enterrados descansaban en paz. Juré regresar algún día para purificarlo y concederles el descanso eterno que se les había negado.
En esta nueva expedición avanzamos por un terreno poco transitado, donde incluso el viento parecía dudar antes de soplar. En el camino encontramos piedras de formas inusuales, restos de una arquitectura desconocida, ajena a todo lo que habíamos visto hasta entonces. Aquellas rocas no eran ruinas sin alma: emanaban intención, orden… propósito.
Atravesamos un antiguo puente y, como si hubiéramos profanado un umbral sagrado, unos constructos surgieron para atacarnos. Luchamos con decisión, pero lo más inquietante no fue su ferocidad, sino lo que ocurrió después: al retirarnos, aquellas criaturas regresaron al puente, retomando su vigilia silenciosa. Estaban ligadas a esas piedras, atadas a un juramento antiguo que aún seguían cumpliendo.
Proseguimos hasta un montículo donde el sendero se estrechaba peligrosamente entre un acantilado montañoso. Allí hallamos un pórtico, imponente incluso en su abandono. Su arquitectura era idéntica a la del camino y el puente, como si todo formara parte de una única obra colosal, diseñada con una lógica que apenas empezábamos a vislumbrar.
El silencio era sepulcral. En las paredes, grabadas con precisión reverencial, había inscripciones en la lengua de los Aprendices de los Dioses. Gracias a la magia, logramos comprenderlas, y cada palabra pesaba como una verdad largamente reprimida.
Lo más sobrecogedor de aquel lugar se encontraba en lo alto: un mapa de la isla, tallado directamente en la roca. Varias gemas, de colores y brillos distintos, marcaban lo que parecían ser puntos de poder. Algunos nos eran familiares; otros, no. Reparé entonces en algo inquietante: muchos de esos puntos coincidían con lugares donde habíamos encontrado tribus de seres mitad hombre, mitad animal. Todo parecía estar conectado, tejido por la antigua magia de los Aprendices de los Dioses.
Seguimos avanzando por pasillos que no habían sido transitados en incontables generaciones. El aire era denso, cargado de una espera eterna. Llegamos entonces a una sala custodiada por armaduras gigantescas, colosos inertes que reaccionaban cada vez que osábamos avanzar. Más adelante, en una estancia aún más imponente, fuimos atacados por méfits de polvo y un arcano. Tras derrotarlos, el arcano dejó tras de sí un colgante extraño, vibrante de poder contenido.
Cuando alguien se lo colocó, ocurrió lo impensable: aquellas armaduras que antes proclamaban nuestra muerte ahora obedecían nuestras órdenes. No era dominación… era reconocimiento. Como si todo aquel lugar hubiera estado aguardando la llegada de quien portara ese símbolo.
En una última sala fuimos testigos de algo que aún me persigue en mis oraciones: una proyección del pasado. La imagen de alguien atrapado en un bucle infinito, repitiendo la misma acción una y otra vez. Sin embargo, durante breves instantes —apenas cinco segundos— parecía vernos. Reconocernos. Como si el colgante nos hubiera anclado al presente a los ojos de aquel eco del ayer.
Sé que regresaremos. Aún quedan respuestas enterradas bajo piedra y tiempo. Y, a juzgar por la expresión de Kyran al abandonar aquel lugar, comprendí que estaba más cerca de alcanzar la verdad que tanto ansía su alma… una verdad que, quizás, cambie para siempre lo que creemos saber sobre los Dioses y sus Aprendices.