Detalles del relato

  • Fecha de la Partida: 2025-01-12
  • Aventura: Llegada a la Isla
  • Autor: Elysia
  • Jugadores: Elysia, Caelus, Toshi, Adoh

El trayecto hacia la Isla de los Grifos duró varias semanas pero cuando finalmente atracamos a la Isla de los Grifos, la poderosa Yelmalio nos honraba con un fantástico día. El olor a salitre nos daba la bienvenida mientras me encontraba muy lejos de casa. Durante la travesía, conocí a tres aventureros muy variopintos que, simplemente por conveniencia para alcanzar más rápidamente nuestros objetivos, decidimos transitar juntos durante los primeros días.

Tras abonar una cantidad por adentrarnos por el que se ve que es el único asentamiento civilizado de toda la isla, Puerto Soldado, fuimos directamente hasta la taberna en busca de un porvenir mundano. Esto me permitiría cumplir dos propósitos: Uno, garantizar mi estancia en la Isla y dos, probar mí valía.

Y es que mi celestial nacimiento no fue casual. Nací exactamente 400 años después de que el Zar, con sus nobles gestas yelmalitas, venciera a los orcos, alejando esas tierras de una oscuridad sin parangón. Pronto, demostraría que mi linaje se encontraba a la altura.

Cuando irrumpidos en la única posada del lugar, Brad nos habló de un caótico acólito de Orlanth, el cual, buscaba ayuda de forma infructuosa hasta que dio con nosotros. No sin antes percatarnos que en la mesa de madera donde nos habíamos sentado, permanecía un grabado exacto de los mapas antiguos que cada uno de nosotros portaba encima. Ese era un claro vestigio de que yo me hallaba en el lugar correcto.

El acólito de Orlanth llamado Undem, nos pidió ayuda para recuperar unas espadas y unos escudos orlanthís a cambio de una generosa recompensa. Dicho botín se hallaban en un barco naufragado. El trayecto por lo que supimos era casi un suicidio por lo que se contaba, pero los locales eran desconocedores de mi propósito.

Sin más información que la ubicación aproximada, partimos hacia el norte siguiendo la línea de la costa. Adoh, un humano de habla extremadamente lenta, se movía con agilidad entre los arbustos y las rocas, atento a los signos de la naturaleza. Durante la caminata, descubrió huellas relativamente frescas de pantera en la arena.

Un par de horas más tarde, hallamos en un claro un asentamiento de salvajes que se entretenían con el rudimentario oficio de la peletería cuando permitieron pasar la noche junto a la hoguera. Sus primitivas costumbres les mantenían observándonos con cautela pero sin atacarnos.

Adoh confraternizó con los nativos y estos nos dirigieron algunas palabras, señalándonos unas tumbas con símbolos continentales que más tarde supimos que habían sido unos extranjeros desafortunados que habían sucumbido ante los lobos. Los salvajes al parecer, mantenían una especie de pacto con los lobeznos y se hallaban en una paz convenida. Nosotros no disfrutábamos de semejante beneficio.

Les dediqué unas plegarias y tras disfrutar de un merecido descanso, retomamos el camino.

La senda se mostró favorable y durante varias horas de caminata, encontramos un cañón angosto donde el río reposaba al fondo y un gran tronco había sido convenientemente talado para hacer el rol de puente, permitiéndonos su paso. Eso nos salvó de una caída mortal.

Allá se encontraba un brasero muy antiguo que estaba plagado de runas. Otro de mis compañeros temporales, un tal Caelus, un decrépito ser que iba siempre con máscara pareció entender las runas, pero Adoh puntualizó su significado. Al parecer el elemento se trataba de una especie ritual primitivo, un altar de ofrendas hacia las panteras.

Decidimos apretar el paso y con la resistencia suficiente llegamos hasta la playa donde a lo lejos se visualizaba el naufragio. Allí, en una playa desierta las olas rompían contra los restos de un gran navío naufragado. Incluso a la distancia, se podía sentir una presencia de algo sobrenatural. Adoh, tras hacer extraños gestos a un tejón, confirmó la información que yo ya percibía. Ese navío parecía encantado.

Cuando nos fuimos acercando al barco pudimos ver como el casco estaba muy carcomido de forma antinatural. Entonces, verbalicé lo que recordé del capitán de nuestro barco: “Hacia el norte de la isla, los cascos de los barcos se pudrían más rápidamente”. Claramente en el mástil se veía un rastro de magia que había provocado una corrosión antinatural.

Entramos y pronto encontramos que el barco sí estaba encantado. Al profundizar en los húmedos restos, irrumpieron varios espíritus. Toshi, un humano con el cabello rapado, lanzó un golpe con su mano a uno de ellos y este se quedó totalmente paralizado, por lo que supimos que el miedo lo había invadido. Otro espíritu, fue convertido en “polvo de estrellas” por Adoh y otro fue abatido por mi radiante mano. Caelus y Toshi contribuyeron a mandar al resto al otro plano.

Una vez purificado ese lugar, recuperamos el botín y de entre los restos de un cadáver, encontramos una nota hecha con un trozo de piel curado. Al parecer se trataba de un pirata y parecía un salmo hacia el señor de la Barracuda, Tsankth y que por su influjo producía la podredumbre de los cascos de los barcos. Una oscuridad que Yelmalio no iba a permitir.

A la vuelta, hallamos unos locales que hablaban de una estatua. Intuí que estaba dedicada a el Zar, aunque tendría que verlo directamente para comprobarlo. Los lugareños en esta tierra remota están ciegos ante la grandeza de semejante héroe, pero pronto traería las enseñanzas y las hazañas a través de mis actos a la Isla de los Grifos.