Detalles del relato

  • Fecha de la Partida: 2026-01-21
  • Aventura: 32 - Misión del Templo
  • Autor: Elysia
  • Jugadores: Elysia, Caelus, Broldan, Hector, Kyran

En Fuerte Brillante comenzaron llegando rumores, como siempre: palabras arrastradas por el viento marino y por lenguas demasiado sueltas. Después llegaron los hechos. Hombres que no regresaban. Barcos pesqueros hallados a la deriva, sin tripulación ni señales claras de lucha. Comerciantes retrasando rutas, capitanes negándose a faenar en aguas cercanas al campamento. El miedo terminó por cerrar el puerto.

Los pocos supervivientes hablaban de velas negras. Algunos susurraban el nombre de Ockless. Desde el Festival de Fuerte Brillante era un rumor que se confirmaba por hechos cada vez más frecuentes.

Aun así, el Templo de Yelmalio reclamó mis servicios. Me cité con Silvanthy “Ojos Verdes”. Según los augurios y los informes, un hechicero orco estaba detrás del caos, corrompiendo la naturaleza con una magia torcida, impropia incluso para los suyos.

Reuní a mi grupo habitual de fieles —algunos, lo admito, más cercanos a mí de lo que dicta la estricta disciplina— y partimos hacia el lugar señalado. El bosque nos recibió con un silencio tenso, como si incluso los pájaros aguardaran el desenlace.

Allí encontramos a la elfa. Yacía herida entre raíces y helechos, la sangre oscureciendo su piel pálida. Se llamaba Yesilia. No dudé: invoqué el calor del verano y sellé sus heridas con la luz de Yelmalio. Había sido perseguida por una patrulla de exploradores orcos; sus huellas aún estaban frescas. Estábamos cerca, demasiado cerca para perder el tiempo hablando.

Esperaba gratitud. O al menos cooperación. En cambio, su desconfianza fue tan afilada como un insulto. Pese a compartir enemigo, rehusó de ayudarnos. Se marchó tal como la encontramos, sin mirar atrás, perdiéndose entre los árboles como una sombra verde. Dejé que se fuera.

Seguimos adelante hasta el campamento orco. Lo que encontramos allí confirmó los peores presagios. Fue un verdadero acto de misericordia darles muerte a todos, bueno, a todos salvo a uno. Ese último cayó de rodillas arrepentido por sus actos. No imploró a sus dioses, sino a los nuestros y pidió misericordia. Y la compasión, apeló a nuestros corazones. Nos dio la información que el Templo necesitaba: nombres, rutas, rituales. El hechicero orco ya no iba a ser un peligro ni para el Templo ni para el resto de mortales.

Decidimos darle una oportunidad. Juró trabajar para buscar la expiación de sus actos y regresó con “amigo” a Fuerte Brillante, no como prisionero, sino como guardia. Para protegernos. Para aprender a seguir el camino recto. El Templo, en reconocimiento por el éxito de la misión, me concedió ciertos favores. Unos recursos que iban a servir a un propósito más grande y noble, que desde hace centurias la Isla de los Grifos no habían visto.