“Durante los soles fulgurantes de las estrellas, los daevas me trajeron sueños de grandeza, sueños que se materializaba con el castigo de los viles y la propagación de la palabra de Yelmalio. Mis guías celestiales me mostraban visiones de que con cada gesta en la Isla de los Grifos me iba acercando cada vez a mi inspiración: El Zar”

Nuevamente me contrataron para acompañar a una serie de aventureros, entre los que se destacaba al grimoso Caelus, el druida Adoh, el pícaro Blueno y el monje Toshi. Esta vez la novedad residía en que íbamos a ir en una caravana acompañando a unos pobres mercaderes. El propósito era llegar a la ciudad de Surlt.

El camino como siempre fue tortuoso y repleto de inconvenientes que por suerte conseguimos sortear.

El caso es que, durante ese trayecto, dimos con una torre ajada donde en lo alto se hallaba una inscripción a la honorable Yelmalio. Sí que me advirtieron mis compañeros que en el sótano no estaba explorado y era peligroso embarcarse en él teniendo que salvaguardar el bienestar de unos civiles. En otra ocasión, iría expresamente a sus entrañas para saber qué albergaba su interior tras la magnificencia de esa torre.

Con el corazón puesto en la ciudad de Nidik en vez de Surlt, me mostré vacilante hasta que el búho espiritual del druida me sacó de mi ensoñación con una información relevante. En lo alto de una colina un minotauro parecía estar concentrado en hacerse de comer mientras nosotros íbamos a pasar peligrosamente cerca de él. Una mole de más de dos metros de altura, con aspecto bestial no me hacía simpatizar demasiado, en cambio para mis compañeros les pareció una idea maravillosa el hecho de acercarse a conversar con semejante individuo. Para suerte de todos los presentes, no acabó en sangre sino que, incomprensiblemente nos dio de comer y nos habló de una batalla campal que se libraba entre los elfos y los orcos, pasado el puente de camino a Surlt.

Los detestables orcos habían vuelto a poblar esas tierras desde que el Zar pusiera orden en su tiempo. Era bien sabido por todos que ahora iba a ser mi turno. Pero entendía que, el objetivo de la misión era preservar el bienestar del grupo y una ruta relativamente segura hacia Surlt. En otra ocasión, debía de volver para enseñar las poderosas lecciones de Yelmalio a tan detestable raza.

Durante nuestro camino nos encontramos con una estatua de un héroe menor Orlanthí que al parecer había contribuido a matar algunos pocos orcos. Obviamente no era una gesta tan magnífica como la que hizo el Zar pero de vez en cuando, esos seguidores caóticos hacían algo a derechas. Al parecer el héroe Orlanthí se llamaba Aigonus.

Proseguimos adentrándonos por sendas donde el bosque empezaba a imperar y el druida nos advirtió de una zona donde residía un jabalí de gigantescas proporciones que era mejor no molestar. Así como una zona donde había una cascada donde reinaba la podredumbre. Y es que la Mano Ardiente, -seguidora de la Diosa Podrida-, parecía ganar terreno en aquellas tierras.

Tras nuestro paso por el puente que iba hacia Surlt y, confirmando la información ofrecida por el minotauro cazador, hallamos numerosas huellas de unas pesadas botas de hierro. No tardamos en comprobar de qué se trataban de rastreadores orcos y de que, había una empalizada rodeando un campamento orco de unos diez o veinte especímenes. Las hogueras estaban humeantes en el horizonte por lo que, con todo el cuidado del mundo, avanzamos con la caravana rodeando el lugar para no toparnos con semejante escoria. Pronto mi maza se recrearía entre ellos pero no sería durante nuestra travesía a la ciudad de Surlt. El tiempo apremiaba y desviarse podría poner en peligro mortal a toda la comitiva.

Hicimos noche y todo estaba tranquilo hasta que Blueno trajo consigo una criatura aberrante, de pequeño tamaño y rojiza, que hablaba en un dialecto infernal. Al parecer y para sorpresa de nadie, el tieflieng parecía entender a ese despojo reptiliano y nos informó de que sus intenciones era robarnos. De hecho, esa criatura inmunda había tenido la OSADÍA de robarme unas monedas. Hice un llamado a la calma y le dejé vivir, quizás el hecho de tenerlo vivo nos ahorraría un contratiempo durante el resto de nuestro camino con el resto de su raza. Confiaba relativamente en los individuos con los que ya había marchado en otras ocasiones pero, hablemos claro, un tiefling siempre sería un tiefling. Pero reconozco que, a veces, hay excepciones como ese minotauro o ese tal Blueno. Aún me queda por determinar la naturaleza de Caelus, pero ese era otro tema.

Durante nuestro recorrido hallamos un árbol magnífico donde, en su corteza, se hallaba grafía élfica. Al parecer, se trataban de seguidores de Coraline, la Reina de las Hadas. Ese punto era una especie de enclave, que tenía algún tipo de encantamiento que permitía dialogar con los elfos, aunque nadie sabía exactamente cómo hacerlo. Tampoco me interesaba demasiado, yo decidí emprender el paso mientras el druida parecía embelesado con ese punto.

Por lo que Blueno nos contó de los berridos agudos de ese goblin, los elfos era una raza desconfiada, vegetariana, los cuales dedicaban toda su destreza con los arcos en matar a personas y a orcos por el maltrato que se daban a los bosques y al robo continuado de sus recursos. La verdad es que no les culpaba, lo podría entender, por ese motivo decidimos liberar al goblin para permitirnos pasar por esa senda boscosa sin más problemas.

El camino de Surlt cada vez estaba más y más cerca, pero el bosque que nos rodeaba parecía no tener fin. Avanzamos hasta que hayamos una torre muy antigua, quizás tendría más de cuatrocientos años y unas ruinas que parecían estar hundiéndose.

Caelus maravillado por su arquitectura avanzó pero yo tuve un mal presentimiento en aquel lugar. Me puse de rodillas y recé a la diosa, cuando un augurio me confirmó lo que ya presentía. Aquel lugar estaba maldito, y, como más tarde pude saber, los elfos habían maldecido aquellas ruinas orcas. La mejor decisión fue marcharnos con cuidado de aquel lugar que parecía estar repletos de espíritus.

Es más, a la izquierda del bosque se encontraba un arroyo que parecía brotar del subsuelo y cuya agua parecía estar corrompida. Había rastros de animales bípedos y con cuernos, lo que nos indicaba que aquel lugar no era del todo seguro.

Estando Surlt tan cerca decidimos apretar el paso durante la nocturnidad cuando nos rodearon de pronto varios Broos. Al parecer eran aberraciones de la Diosa Podrida, eran como una especie de humanoides de cabras y vacas podridas.

Todos nosotros decidimos proteger la caravana y a los mercaderes, mientras semejantes criaturas nacidas de la podredumbre nos atacaban con sus artimañas. Flechas, dagazos, mazazos y artes desconocidas cayeron ante tales viles criaturas.

De hecho, sus inmundicias consiguieron lanzar de la caravana a los mercaderes. Tanto Toshi como yo conseguimos darles sanación una vez la misericordia había caído sobre todos ellos.

Agotados por la larga travesía y por el combate, por fin y ante el regocijo de todos, vimos los muros de madera de la ciudad de Surlt. A decir verdad yo me decepcioné sobremanera. Era una ciudad humilde, donde los guardias vestían con lo justo. Sus defensas eran débiles pero al parecer suficientes para ese lugar. La mayoría de la población se trataba de cazadores y campesinos.

Nos dieron la bienvenida a la ciudad de Surlt y nos enteramos de que tenían un rey de origen Orlanthí, un tal Yalaring. Perdí el interés enseguida al llegar a semejante lugar. Lo único de interés para mí era un templo donde residían las principales deidades entre las que se encontraba un altar de Yelmalio, por lo que me dispuse a ofrendarle para agradecerle su intervención divina en nuestra misión. Pronto, muy pronto, averiguaría el secreto de su Torre.