Ganjalf nos convocó para una nueva aventura. En esta ocasión, conocí a dos compañeros peculiares: Elysia, una semiángel malhumorada, y Caelus, un misterioso hombre enmascarado. Nunca he entendido esa costumbre de ocultar el rostro; tal vez sea amigo de Rodalm. En la mina, si eras feo, pues eras feo… algo bueno debías tener.

Kyran interpretó  una canción local a su manera, lo que más me gusta es que siempre salpica cerveza, lo malo es que me despisté con los pectorales de Kyran y se me quemó la mayor parte.

Iniciamos el viaje con entusiasmo, el trayecto transcurrió sin problemas, aunque Kyran se empeñó en amenizarnos con sus canciones estridentes y sus músculos aceitados. A pesar de todo, el viaje resultó sorprendentemente tranquilo.

Al llegar a Cráneo Orco, encontramos el pueblo completamente derruido. Ganjalf detectó un residuo mágico nigromántico y, como si sus palabras hubieran sido una señal, los muertos comenzaron a levantarse con un siniestro resplandor rojo en los ojos.

La batalla fue interminable. La magia surcaba el aire mientras intentábamos acabar con ellos, pero seguían resurgiendo sin descanso. Por suerte, mi jabalina relampagueante y los conjuros de la clériga lograron que algunos se quedaran muertos de verdad.

Entonces, aparecieron esqueletos armados con arcos y flechas. Ganjalf, de repente, comenzó a brillar y se transformó en una especie de luchadora con faldita que disparaba flechas de luz. Por su parte, Caelus invocaba rayos de oscuridad. Entre todos, logramos acabar con la horda de no-muertos.

Entre los escombros del pueblo, descubrimos un tótem erigido en honor a Votank y su perro Zuthcko. Según lo que pudimos deducir, el pueblo de Cráneo Orco fue destruido en el pasado por un culto a Vivamort, el dios de los muertos.

Sin más pistas, nos encontramos en un callejón sin salida y decidimos regresar. Sin embargo, Ganjalf insistió en que exploráramos las cavernas de los Escarabajos.

Dentro, nos topamos con unos extraños escarabajos que parecían tener una jerarquía. Algunos lanzaban rayos que rebotaban entre sus compañeros, formando patrones de relámpagos en el aire. Al avanzar por la gruta, notamos que la arena había sido removida para crear trampas de arenas movedizas. Optamos por evitarlas trepando por los riscos.

Al adentrarnos en una cueva, los hongos fluorescentes iluminaron la estancia, revelando algo aterrador: una criatura enorme nos estaba esperando.

Y por eso…  

Dejamos las raíces para otro día.

Je, je.