Detalles del relato
- Fecha de la Partida: 2025-11-12
- Aventura: 29 - De Vuelta a la Mina Orca
- Autor: Elysia
- Jugadores: Elysia, Caelus, Kyran
Fuimos a la Torre de Yelmalio, allí percibí en ellos la mezcla de ambición y de necesidad. Realizamos el ritual con respeto –ya bien conocido por mí-, y la Diosa concedió su bendición. La luz descendió como una promesa silenciosa. El objetivo de Caelus era claro desde el inicio: hallar el contrato de propiedad de las minas que se ocultaban en las entrañas de la torre. Yo por mi parte, quería purificar a la Torre de Yelmalio para devolverle su antigua gloria.
Durante nuestro descenso hacia las minas, las paredes nos hablaron. Relieves de enanos, tallados con una devoción paciente, nos observaban desde la roca. Sus rostros severos parecían juzgarnos mientras avanzábamos. Más abajo, una luminiscencia extraña nos atrajo hacia una sala cercana, rompiendo la negrura absoluta del subsuelo. Allí descubrimos marcas de garras en la piedra: rastros de no muertos. Supe reconocerlas. Un Gast había merodeado por aquel lugar, alimentándose del abandono.
No tardamos en toparnos con orcos. Kyran, con esa irreverencia tan suya, respondió al peligro con música. Su número musical fue tan inesperado como efectivo: varios orcos quedaron paralizados, atrapados entre el ritmo y la confusión, y su aniquilación fue rápida.
Finalmente alcanzamos la sala luminiscente. El origen de aquella luz era una seta humanoide de tamaño descomunal. A su alrededor, pequeñas setas se aferraban a un cadáver orco, devorándolo con una calma grotesca. Micónidos. El aire estaba cargado de esporas; por su aspecto supe que eran venenosos. Usamos los cadáveres de los orcos que habíamos abatido y los arrojamos al claro fúngico. Mientras las criaturas se ceñían sobre la carne putrefacta, se apartaron, abriéndonos paso como una marea silenciosa. Pasamos entre ellos sin respirar demasiado hondo, confiando en la fortuna… y en la luz de Yelmalio.
Más adelante dejamos atrás minerales brillantes, bellos y tentadores, hasta llegar a un poblado abandonado desde hacía siglos. Las casas estaban hundidas en el polvo del tiempo. En una de ellas, Caelus —siempre curioso, siempre imprudente— encontró un cofre maltrecho y lo abrió con una mano espectral. El mecanismo respondió de inmediato: espíritus ligados al cobre surgieron con un lamento antiguo y nos atacaron sin aviso.
Liberé mi energía radiante, llamando a la luz de la Diosa. Kyran y Caelus arremetieron con sus artes, y juntos conseguimos liberar a aquellas ánimas de su sufrimiento. Cuando se disiparon, el silencio fue casi reverente.
Seguimos avanzando hasta dar con una comitiva orca. Había arcanos entre ellos y un cacique, confabulando contra el orden y la paz. En la sala donde se reunían destacaba un antiguo escritorio; supe al instante que podía albergar documentos viejos. Intentamos sorprenderlos, pero la ventaja duró un suspiro. La lucha se volvió encarnizada, a kilómetros de la superficie, lejos de cualquier ayuda.
Me adentré en el fragor del combate. Defendí y ataqué, golpe tras golpe con mi vara, mientras mis espíritus guardianes danzaban a mí alrededor. Dos bolas de fuego intentaron borrarme del mapa, pero mi fe fue más fuerte. No desfallecí. En medio del caos, los daevas de mis sueños me trajeron promesas de reconocimiento.
Caelus devolvió el favor a los orcos, quemando a varios de ellos con una bola de fuego, mientras Kyran, entre melodías y engaños, abatía a otros tantos. Incluso interrumpimos un poderoso ritual que dos orcas arcanas estaban llevando a cabo con malas artes.
Cuando todo terminó, la sala estaba medio derruida y en llamas. El olor a ceniza y magia lo impregnaba todo. Y aun así, el suertudo de Caelus encontró lo que buscaba: los documentos, intactos, en uno de los cajones del viejo escritorio. El contrato de propiedad.
Así, bajo toneladas de roca y siglos de olvido, Caelus se convirtió en el nuevo dueño de la mina. Yo, por mi parte, ofrecí una última plegaria a Yelmalio. La luz había prevalecido una vez más, incluso en las profundidades donde nunca debería apagarse.