El deseo de hallar a la ciudad civilizada, latía fuerte en mí. El sol soberano brillaba intensamente y Yelmalio nos bendecía con su luz y su calor. Orgullosa, mi armadura brillaba con cada paso seguro entre los caminos ya conocidos que eran comunes para ir a la ciudad de Surlt.

Los preparativos fueron raudos y no perdimos nada por el camino, todo marchaba sin complicaciones. Durante nuestra travesía, se veía de lejos humo proveniente de un posible volcán en erupción pero que estaba a bastantes leguas de nosotros.

Me detuve cuando alcanzamos la Torre de Yelmalio para dedicarle unos rezos a la diosa, cuando, fui interrumpida por el paso de una carreta con una mula sin dueño. Al menos no un dueño vivo. En su interior, estaba el cadáver de este y el animal de carga parecía hastiado de arrastrar el peso muerto. Ganjalf se detuvo a hablar con el animal, una habilidad propia de sus artes salvajes y naturales. En su hacer, yo me detuve a enterrar ceremoniosamente a esa pobre alma que no había tenido tanta suerte y que, con el don de Ganjalf, nos enteramos que sus asesinos habían sido orcos.

Al parecer, una patrulla de estas bestias sin corazón, moraba en los caminos a día y medio de nosotros. Esto nos permitió prepararnos y trazar un plan para ganar ventaja contra ellos cuando nuestro encuentro entre nosotros fuera inevitable. Pero como les hice saber al grupo, esos monstruos no iban a detener mi empeño para ir a la ciudad de Nidik, por lo que me ofrecí a custodiar en primera fila la carreta.

Caelus, haciendo alarde de sus artes “grises”, sacó una botella mágica que lanzaba un humo no natural que nos ocultaría de los ojos de los orcos pero que, también nos cegaba a nosotros, siendo totalmente dependientes de sus órdenes. Yo guiaría a la carreta mientras que Ganjalf y Caelus se esconderían en su interior. Héctor, Rodalm y Kyran se refugiarían en los arbustos cercanos al camino para proteger nuestros flancos.

Finalmente, nos topamos con uno de mis muchos némesis. El humo se expandía confundiendo a los orcos que, empezaron a huir cuando escucharon la “no tan fingida voz maligna” a gritos de Caelus. Como si de la carreta proviniese unas artes oscuras que el único fin que tenían era darles muerte. Cosa que al final, no distó mucho de la verdad.

Desde la ocultación que nos daba ese humo mágico, lanzamos hechizos, virotes y mazazos hasta que finalmente sólo reinó la paz, casi a la par que ese humo se disipaba debido a un golpe al vial. Pero el plan había surtido efecto. Aún así la noche arreciaba y estábamos muy cansados pues la batalla había sido bastante contundente, aunque esta vez la inteligencia superó a la fuerza.

Estábamos cerca de donde moraba un jabalí gigante pero, la cueva que encontramos para poder descansar, desprendía una paz aparente. Hasta que, parecía que en el fondo de la misma, alguien se había afanado en ocultar el secreto que en ella moraba.

Cierto era que mi cuerpo sólo quería encontrar algo de descanso antes de avanzar pero, cuando los arcanos del grupo detectaron glifos custodios en el camino, supe de inmediato que debía de hacer alarde de mi fortaleza y fe para poder seguir guiando al grupo con mi propósito. Al parecer, detectaron que en su interior había una fuente mágica, donde brotaba magia de creación. Apenas me interesaban estos sortilegios impíos que nada tenían que ver con el favor de mi diosa pero decidí seguir protegiendo a la comitiva que me acompañaba. Les necesitaba para llegar a mi destino.

Allí, tras superar el glifo custodio, había un lago subterráneo donde había una burbuja mágica de luz radiante que mantenía en un estado de ensoñación a un oso búho, a un orco, a un escarabajo y a un bandido. Ellos lo llamaron “Helion”, al parecer era una criatura que te atrapaba mentalmente. Ese ente nos “hipnotizó” con sus artes hasta que, tras darle varios golpes certeros se desconcentró y volvimos a recuperar nuestra voluntad.

El oso búho vino contra mí mientras que los otros batallaban con las otras criaturas. Nos unimos todos en el mismo hechizo –el único que parecía causarle daño a ese extraño ente, llamado Saeta Guía-, y la burbuja finalmente pereció. Y, confundidas, las criaturas que estaban atrapadas en su poder mental se despertaron. El oso búho herido por mis mazazos, avanzó sin más percances por otro sortilegio de Ganjalf. El resto no corrió tanta suerte. El escarabajo fue vencido por Kyran y este abandonó la escena siendo llevado por las poderosas corrientes del lago.

Una vez que en la cueva volvió a reinar la paz, encontramos una inscripción en el agua mágica que decía: “Ayuda a crecer los huevos”. Allí, encontramos algunos enseres que nos sirvieron de utilidad para seguir avanzando en nuestra travesía.

Descubrimos que hacia el Este se habría un nuevo camino, aún por descubrir, pero dos halcones gigantes nos llamaron la atención. Dichas criaturas aladas eran a su vez, las monturas de dos jinetes que se adentraban en los cielos de lo que parecía nuestro destino. Nidik. Era una ciudad pequeña, incrustada entre las montañas de piedra blanca, con imponentes muros occidentales que recordaban a construcciones enanas, pero la arquitectura no fue lo único que me llamó la atención de aquella ciudad.

Nada más llegar, pude ver en los petos de la guardia de la ciudad el símbolo de la diosa solar y su terrible desconfianza hacia los extranjeros. Me sentía al fin como en casa desde que partí del continente para venir a la Isla. El resto del grupo se dividió en distintas direcciones y yo me encaminé directamente hacia el templo de Yelmalio. Allí, hice una entrada ceremonial y presenté mis respetos a la máxima autoridad del templo, “Silvanthy, ojos brillantes” y, con tal de acercarme a mi propósito que fue desvelado a través de mis sueños por daevas, le pedí que me mandara una misión para honrar al templo y a su vez, permitirme acercarme más a las gestas de El Zar. Por lo visto, un acólito que tuvo la misión de custodiar unas reliquias del continente de Puerto Soldado hasta Nidik había desaparecido junto a las reliquias, dándose por robadas y se le había visto por última vez viajando hacia el Bosque de Emich, al sur de la ciudad. Pronto me iba a embarcar a una nueva misión.