Detalles del relato
- Fecha de la Partida: 2025-10-22
- Aventura: 27 - El Poblado Maldito Votanki
- Autor: Elysia
- Jugadores: Elysia, Caelus, Steffan, Broldan, Kyran
Fuimos a Nidik en busca de Sargón, el acólito que nos había recibido en el festival de Fuerte Brillante. El viaje fue duro y llegamos tarde al templo. Sargón ya se había ido, pero había dejado para nosotros todos los escritos y libros prohibidos sobre Nébula. Otro acólito nos condujo hasta una biblioteca sorprendente: muros de piedra, una verja de hierro forjado y una puerta que se abrió para dejarnos entrar.
Mientras los demás husmeaban los tomos prohibidos —lo que no debía hacerse—, yo me centré en los documentos autorizados sobre la mesa. Me ceñí a las reglas del templo y hallé información útil. Según los escritos, Tristian, amigo personal del Zar, había perecido en un mal al sudeste de la isla. Las leyendas hablaban del mismo lugar: una criatura que bebía sangre y se movía entre las sombras. Unos textos la llamaban Slarge poderoso; otros, vothanki corrupto; algunos, díscolo Aprendiz de los Dioses. Kyran encontró datos que reforzaban la hipótesis del Aprendiz.
Por lo visto, Tristian no volvió jamás. El Zar fue a buscarlo y regresó en silencio, sin él; clausuró la zona y declaró que estaba maldita. Con el tiempo, los avistamientos de criaturas aberrantes aumentaron. Me toqué el pecho —allí, bajo la túnica y la armadura, descansa el retrato del Zar— y sentí renovadas fuerzas. Su ejemplo sería mi guía.
Con provisiones para la marcha, nos dirigimos al lugar del que Sargón nos había hablado: a cuatro soles, rumbo sudeste. Avanzamos sin novedad hasta la frontera natural: la vegetación se volvió seca y gris, la tierra, árida. Al caer la noche hallamos una estructura votanki en ruinas y montamos el campamento; en sus paredes colgaban pieles para secarse. Kyran amenizó la velada con una vieja canción de Fuerte Brillante. Las guardias pasaron sin incidente.
Al amanecer, Steffan vio entre dos picos una ladera que se abría en la bruma. Al aproximarnos, emergieron cabras bípedas de aspecto demoníaco; sus ojos no eran vacíos: brillaban con astucia. Eran cabras mutadas. Habíamos llegado al sitio correcto. Salieron más y más: dos, tres, hasta media docena. En la entrada del desfiladero, una X quemada en el suelo nos dio un mal presagio, pero cruzamos de todas formas, mientras aquellas miradas nos acechaban.
En el horizonte divisamos una cascada, un poblado fantasma y algo negro flotando más allá. Entonces el volcán cercano estalló: proyectiles piroblásticos cayeron sobre nosotros. Si Kyran no hubiera conjurado una burbuja transparente, hubiéramos muerto allí mismo. La furia volcánica se calmó tan rápido como había surgido, y, perplejos, seguimos adelante.
Llegamos al poblado al caer la noche. Caelus, harto, los atacó. El suelo tembló y surgieron dos sombras corpóreas e imponentes, junto a una docena de cabras malditas: estábamos rodeados. El aire me oprimía el vínculo con mi diosa; sentí cómo se debilitaba. Teníamos que salir con vida.
Alcé la vara al cielo. De ella surgieron ángeles luminosos que me rodearon: quien intentara tocarme sería herido por su brillo. Grité: «¡Por Yelmalio!» y me lancé hacia una de las Sombras y una cabra cercana. Mis compañeros hicieron lo suyo: rayos relucientes, conjuros precisos y golpes certeros. Nos herían una y otra vez, pero no cedimos. Al final, las criaturas fueron purificadas y arrojadas al lugar que les correspondía.
El origen de la corrupción, sin embargo, permanecía. A lo lejos orbitaba un orbe gigante de energía oscura; su escudo zozobraba y exhalaba humos negros que se mezclaban con el aire. Exploramos las casas: había huellas recientes, indicios de pasos apresurados. A través de la oscuridad del orbe, Caelus distinguió algo brillante que sostenía el escudo desde lo alto de la cascada. Subir levitando era imposible: la altura fue un desafío. Optamos por lo humano: caminamos. Ochocientos metros de roca y pendiente nos separaban de la luz.
En el saliente superior, donde la cascada vertía su furia, encontramos una sierpe celestial de belleza sobrecogedora. Custodiaba un huevo dorado, agrietado y en mal estado; la sierpe estaba herida. Nos contó que el Zar la había convocado para contener el mal encerrado en la casa comunal: en su interior moraba Nébula. Si la sierpe no hubiera estado dañada, habría renacido y sellado la amenaza para siempre; pero una criatura mutada había roto el huevo y la esperanza quedó trunca. No existe curación para un celestial herido: solo eliminar a Nébula podría devolver equilibrio. En ese instante tomé una decisión que ardió en mi pecho como un juramento. Sería mi misión vital: destruir a Nébula. Haría lo que el Zar no pudo en vida y lo haría para honrarlo. Vengaré a Tristian, su adalid, que dio la vida por la isla.
«¡Juro por Yelmalio que acabaré con ese ser y purificaré estas tierras!»