Detalles del relato
- Fecha de la Partida: 2025-07-06
- Aventura: 22 - Anuncio de Expedición de Investigación y Asistencia Táctica
- Autor: Elysia
- Jugadores: Elysia, Caelus, Hector, Ganjalf y Gorruk
Decidí unirme a la petición de ayuda por parte del noble Héctor en su petición de ir hacia el Templo de Kaldaris e investigar la alta actividad nigromántica que había por la zona. Como clériga de Yelmalio poco me interesaba el culto frío y triste de Kaldaris, pero hay que hacía que empatizara con ellos y nuestro repudio mutuo hacia la Nigromancia. Cuando una vida finaliza tras varios devenires de veranos, debe de descansar en paz y nada que perturbe esa paz debería permitirse.
Cuando nos reunimos en el punto inicial reconocí a varios rostros. Incluso decidió acompañarnos la extraña anomalía llamada Gorruk. Desde mi estadía en la isla, muchas de las ideas que tenía preconcebidas en mi mente estaban cambiando.
De cualquier modo, avanzamos hacia las tierras de Zuchko. Desiertos infinitos donde, en su escasa vegetación, todavía se veían vestigios de un clima muy diferente al actual. El calor sofocante era un compañero inseparable, aunque la sensación del tacto de Yelmalio hacia nuestra marcha mucho más soportable.
Durante mi guía por los caminos, advertí de una avalancha de rocas, la cual me interpuse en mitad de su trayectoria para salvaguardar al grupo que, indemne continuó su camino. No tanto por mi parte y por la de Gorruk. Esa criatura empezaba a serme fiel incluso hasta para lesionarse.
Hicimos un alto en el altar a Zuchko donde parecía poco a poco brotar vida y proseguimos hasta que Héctor divisó los primeros ghouls en mitad de nuestro camino, cerca ya de una fortaleza de piedra. Les dimos la paz que merecían sus corruptas almas pero nos advirtió de lo que estaba por venir.
Finalmente, dimos con la fortaleza maltrecha del Templo de Kaldaris. Sus muros eran testigos de haber sufrido cientos de batallas y, la resistencia que parecía tener en tiempos mejores, ahora denotaba su fragilidad. Un acólito de Kaldaris nos halló a la entrada de la fortaleza, por lo visto conocía a Héctor.
No nos ofreció ningún tipo de ayuda, alegando que tenían escasos víveres y hombres, contándonos que la presencia nigromántica estaba siendo más violenta durante los últimos ochenta años según registros. De hecho, esto había provocado que los adeptos del Templo de Kaldaris habían sido mermados significativamente y apenas se mantenían replegados en ese lugar. Es más, vimos su clara desesperación cuando, a cambio de víveres y armas, hacían tratos con eslavistas de dudosa reputación provenientes de Ockles, vendiéndoles sacos de corazones de ghouls. Un elemento muy particular que sólo se empleaba en rituales muy negativos. Intercambié varios improperios con el comerciante que hacía tratos con el acólito de Kaldaris pero su verborrea y falta de escrúpulos me hacían enfermar, apartándome a un lado. Era totalmente inmoral lo que hacían, aunque no ilegal. Por lo que, por mi parte, no podía intervenir.
Sin más ayuda que nuestra propia predisposición y valentía, tratamos de ejecutar la misión en la que el templo de Kaldaris había FRACASADO miserablemente durante los últimos tiempos.
A escasos metros de la entrada, había un camino y, a los lados de este había una pasarela de arena que al parecer no había nada. Una ilusión pues, Héctor y Gandalf nos advirtieron que se veían manos de muertos de color lívidas emerger de la pasarela con él único objetivo de cogernos. Se disipó la magia de esa área y pudimos proseguir.
Seguimos avanzando y, entre las rocas emergieron distintos no muertos. Alguno de ellos todavía se advertía que había sido un semielfo del culto de Kaldaris.
Nos embarcamos en una lucha encarnizada contra esas pobres almas. Flechas, hechizos de naturaleza radiante y transformaciones se cernieron sobre ellos. Yo, rodela en mano y con el corazón henchido en llamas, contuve la embestida más fiera de esas criaturas corruptas. Imploré al cielo el favor de Yelmalio y varios aliados alados respondieron a mi súplica, rodeándome para protegerme, emitiendo un fulgor dorado que brillaba más con cada golpe.
Finalmente acabamos con ellos pero cuando trataba de darles sepultura, me advirtieron que uno de ellos todavía emitía magia residual nigromántica, por lo que consideré que lo más efectivo era quemarles. El fuego lo purificaba todo y era el mejor reflejo del rostro de Yelmalio.
Nos acercábamos cada vez más hacia la cueva del Nigromante cuando Héctor, a lo lejos había divisado un poderoso dragón de hueso. Nos estábamos adentrando en la parte más oscura de la Isla.
Cuando ya nos encontramos en su interior, la tenebrosidad nos envolvía por completo, un sol arcano se posó encima de nosotros y nos mostró la posibilidad de seguir varios corredores, aunque en la pared había un grabado muy particular. Relataba un poema de amor sobre una barda y la búsqueda del amor eterno…
Nos adentramos en una de las puertas y vimos una gran sala donde habían dos grandes estatúas a ambos lados. Galdalf, por poco se mata al pisar una de las trampas y caer dentro de un foso lleno de pinchos. Por suerte las habilidades de Héctor tanto en advertir trampas como en desactivarlas, nos permitió proseguir con mayor seguridad por esos recovecos.
Cada una de las estatuas hacía mención a uno de los valores del culto de la Abuela Celestial, la diosa de la curación. Aunque, en una de las mismas, había una daga clavada en su rostro con un pergamino roído por el tiempo. Caelus pudo leerlo y nos contó la historia de un acólito que había sido expulsado del culto por enajenación mental, fruto de varias pérdidas importantes. De entre ellas la de una camarera que presuponíamos que se trataba de su amante y otra la de su madre.
Seguimos avanzando hasta una de las puertas que estaba protegida por otra trampa con una flecha envenenada y nos adentramos en una especie de cripta. Tres tumbas se asentaban a cada lado del pasillo y, al final de la estancia, se erigía una estatua mucho más grande de una barda con un laúd.
Vi que las tumbas estaban entreabiertas y me dio mala espina, pero había tanta magia residual negativa que era difícil detectar su naturaleza. Cuando Héctor comprobó el interior de otra tumba, emergieron varias momias de su interior. Y no sólo eso sino que, de la estatua de la barda, brotó una temible Banshee.
Nos enzarzamos en una batalla complicada donde las momias consiguieron maldecir a Gorruk, a Héctor y a Gandalf. El peligro era que si la Banshee conseguía hacer su temible llanto, podrían nuestros compañeros convertirse en polvo.
Yelmalio volvió a envolverme y luché con fiereza contra esas criaturas malditas. Conseguí dar muerte a varias de ellas mientras que Gandalf consiguió matar a la Banshee en el último momento.
Nuestro grupo había sido herido de gravedad y yo estaba al límite de mis fuerzas. Sólo podía quitar la maldición a uno de ellos por lo que me decanté por Héctor al ser este quien corría más peligro de muerte inminente. Era necesario partir cuanto antes para dar asistencia a Gorruk y a Gandalf.
Caelus, antes de que partiéramos, hizo alarde de sus dotes e interpretó la canción que estaba grabada en la estatua de la barda, abriendo un pasadizo secreto que llevaba hasta el encuentro de un tesoro. También se hizo con el preciado instrumento de la doncella de piedra.
No dejaba de pensar en la historia que estaba grabada en la cueva a nuestro regreso. Cómo de un sentimiento de amor, podía derivar en una obsesión oscura y en un acto de venganza que quizás hizo convertir el acólito expulsado en un poderoso nigromante. La idea era partir hacia Surlt para hallar en los registros del Culto de la Abuela Celestial el nombre del apóstata de la orden por sus malas artes, pero eso sería otra historia.