Detalles del relato

  • Fecha de la Partida: 2025-05-16
  • Aventura: 14 - Minas Ocultas
  • Autor: Broldan
  • Jugadores: Steffan, Hector, Broldan, Rodalm

Todo comenzó con una nueva expedición propuesta por Steffan. Él quería explorar las minas subterráneas bajo la bendita torre de Yelmalio. Yo, en realidad, no iba a ir, pero me senté en la mesa donde estaban organizándolo y, bueno… me dio cosa levantarme y marcharme. Así que allí estaba de nuevo, afilando mi jabalina de relámpago y quemando la comida del desayuno, lo cual me puso de muy mal humor.

Odio desperdiciar comida.

Además de la gente habitual, se nos unió un nuevo compañero: Lord Héctor, el Coleccionista, de puntería precisa, mirada calculadora y bigote rizado.

Buscando información en el pueblo, Rodalm se enteró de que unos osobúhos estaban atacando a los mercaderes en las cercanías de una cueva.

El viaje fue tranquilo… hasta que llegamos a la estatua del antecesor de Elysia(SEGUN ELLA), donde unas gaviotas enormes nos emboscaron. Yo hice lo que mejor sé: pegar palos y lanzar comida. En serio, disparé una flecha con un trozo de pan duro como cebo. Funcionó.

Rodalm les prendió fuego con conjuros sagrados y luego empezó a gritar rezos como un poseso. Steffan, en un acto de heroísmo cuestionable, se escondió valientemente en mi mochila.  

De Lord Héctor no recuerdo mucho… estaba demasiado concentrado luchando contra gaviotas como si fuera una danza sagrada de palazos.

Tras el caos aéreo, encontramos un campamento abandonado. Entre las cosas había un papel con el dibujo de un barco y algo de un dios pirata, pero no lo leí. No porque no quisiera, sino porque, bueno, no sé leer pirata…

Decidimos no enfrentarnos a los osobúhos (cosa que me pareció super mal pero bueno). El verdadero tesoro debía estar en la mina. Entramos por la antigua entrada de las arañas, y pronto nos encontramos con una mina enana infestada de esqueletos enanos Fue un  combate intenso, nunca hubiera pensado que los muertos vivientes usaran armaduras.

Tras vencerlos, Steffan se coló por una grieta y encontró una sala cerrada. Abrió un cofre que le explotó en la cara, dejándolo con la cara negra y el pelo como si le hubiera caído un rayo. Pero salió feliz, con unos guantes mágicos y un amuleto brillante.

Tras el entró Rodalm interesado en unos frascos con brebajes que había sobre la mesa, no saco mucho en claro pero se supone que eran para curar algo.

Seguimos explorando hasta llegar a una puerta protegida con una barrera mágica. No preguntes cómo ni por qué, pero la atravesamos. Al otro lado, la oscuridad era total. Mi espada de luz apenas iluminaba un par de pasos, y el aire se volvió denso, espeso… antinatural.

Y entonces… la vimos.

Esa cara maldita otra vez.  

Una momia, pero no una cualquiera: esta era más poderosa, más antigua, más terrorífica. Nos llenó de un miedo profundo. Me volví frenético, casi enloquecido. Las monjas siempre me dijeron que el sello arcano sobre mi maldición podía protegerme de ciertos conjuros oscuros, y no sé si fue eso, o la salvaguarda divina de Rodalm, pero logré resistir.

 Del suelo surgían tentáculos de sombras, el aire olía a muerte y podrido, y la momia lanzaba conjuros que ponían los pelos de punta. Pero Lord Héctor, firme y sereno, la fue empujando con sus virotes mágicos mientras nosotros resistíamos como podíamos.

Yo logré destruir el ópalo, lo que disipó la oscuridad e hizo que nuestros golpes se hicieran certeros otra vez. Entre todos, la acorralamos, hasta que Lord Héctor le metió una saeta entre los ojos. La momia soltó un grito que hizo temblar las paredes y se desintegró en una nube de ceniza negra.

Entre las ruinas, encontramos una ballesta pesada mejorada (que Lord Héctor se quedó con una sonrisa), una cuenta de luz que me guardé con disimulo y una buena cantidad de oro.

Pero no te voy a mentir:  Acabé traumatizado. Otra vez vi la Casa de la Sanación muy de cerca. Esa oscuridad… esa cara… no quiero volver a encontrarme con nada así.

Regresamos a Puerto Soldado sin más incidentes, aunque yo no pegué ojo durante el camino. Y esta vez, nada de sentarme en mesas equivocadas… al menos por un par de días.