Nos reunimos nuevamente en la taberna para embarcarnos a una nueva victoria por las gestas de Yelmalio.

Pero Kayran, el bardo corpulento con el que antaño anduve por estas tierras baldías, tuvo el atino de dedicarme una canción en mitad de la taberna. Sabía que era una trivialidad que me hacía perder el tiempo para la verdadera misión, pero al cabo de los minutos, le vi la utilidad a sus notas cuando supe que sería otra manera de llegar a los corazones de las gentes más simples y poder así adoctrinarles con la bondad del culto de Yelmalio. A veces, hace falta un pequeño empujón para encaminarse por la verdadera senda. Aunque debo de reconocer que me complació su música.

La luz del alba se reflejaba en mi armadura dorada, un buen presagio de lo que estaba por venir. Aunque algo también brillaba en el fondo de los acantilados. Uno de los nuestros lanzó una piedra sobre lo que refulgía y el suelo se puso a temblar de repente. No tuvimos tiempo a pensar sobre ello cuando una bandada de gaviotas alborotadas y hambrientas se lanzó contra nosotros sin tregua. Lanzaba mazazos al aire pero esas aves marinas eran muy perspicaces y consiguieron arrebatarme unos víveres en el cénit de su utilidad, los cuales previamente había conseguido preservar gracias a un ritual que hice unos días antes para el regocijo del grupo. Una pena.

Caelus consiguió asustar a las gaviotas con su mera presencia y lanzó algo de comida al vacío, volando en picado las gaviotas tras el alimento.

Seguimos avanzando cuando en una cavidad montañosa, hallamos un ciempiés gigante. Dolokth gritó de qué se trataba de un escorpión gigante, Caelus con sus malas artes curó parte de mis heridas y eso me permitió arremeter dos veces con mi maza contra el miriópodo. El tieflieng con un rápido gesto de sus dagas le atravesó el corazón.

Y es que en la Isla de los Grifos, sobrevivir cada día era un regalo divino.

Caelus durante nuestras travesías era como lanzar una moneda al aire. A veces resultaba útil con sus curaciones impías como que nos perdía irremediablemente por sus conocimientos náuticos aplicados a los caminos. Eso nos hizo retrasarnos aun más de
nuestro objetivo final, que era dar con el campamento que seguía poniendo en peligro la ruta comercial.

De hecho, durante una de sus erradas guías, nos topamos con una capitana de barco a la cual unos piratas le habían robado el navío y todo lo que había en su interior. Al parecer su dios no la protegió como es debido, quizás por falta de fe, quizás por la inutilidad de su culto. Buenamente me ofrecí a ayudarla en otra ocasión si comulgaba con la Diosa.

Seguimos avanzando cuando vimos a lo lejos una isla escarpada. De repente, dicha geografía cobró vida y se puso a andar, haciendo temblar todo el suelo. Se trataba de una tortuga dragón jamás vista por mis ojos de acólita. Y no sólo mis ojos ámbarinos dieron crédito a semejante animal, sino que, bajando por la colina, vimos un viento que adquiría cuerpo, una especie de cúmulo redondo de aire. Se trataba de un silfo, una manifestación caótica de Orlanth. Acto seguido nos escondimos entre las rocas para no toparnos con él. Ya se sabe qué pasa cuando uno se enreda con su progenie.

Finalmente tras muchas jornadas de camino encontramos una gran empalizada y dos torres que parecían albergar vigías en ellas.

Tyvar y Blueno se fueron raudos hacia el granero, tratando de atacar ellos solos a los vigías. Uno se escapó y el otro no corrió tanta suerte cuando se topó contra el bárbaro.

Decidí intervenir y, me elevé sobre el suelo con gran gracilidad, tal y como un ser celestial debe de hacer, y desde los cielos arremetí a un bandido con mi maza, aprovechando la inercia del descenso. Notaba cómo los virotes rebotaban uno a uno contra mi armadura sin hacerme un rasguño, mientras percibía la calidez de los rayos de Yelmalio imbuyéndome con su favor.

El bardo Kayran, haciendo uso de su curiosa naturaleza, se hizo descomunal y se fue contra los bandidos que estaban pertrechados en una de las casas, hundiéndoles el techo tras convertirse en un ariete de carne. Tyvar y Caelus dieron muerte a la hechicera carente de pelo que parecía dar soporte mágico al resto de truhanes que se batían inútilmente contra nosotros.

¡Por Yelmalio! Grité eufórica mientras volé rápidamente hasta Kayran para curarle, mientras que me interponía nuevamente entre la trayectoria de los virotes y los puntos vitales de mi compañero.

Yo iba a por el jefe de los bandidos, pero debo de reconocer que era bastante curtido en la batalla y me puso resistencia.

Os concedo la redención si deponéis ahora mismo vuestras armas y decidís hacer algo útil con vuestra vida. ¡Seguid el camino de la luz y abandonad las sombras!

Mis nobles palabras no causaron el efecto que deseaba y el jefe de los bandidos trataba de darnos muerte. Blueno, por su parte, trató de asestarle un golpe mortal por la espalda. Entre todos, conseguimos que el jefe de los bandidos se rindiera. Por mi parte, hice un sobresfuerzo para concederle la redención después de todo, curándole sus heridas a cambio de que a partir de ese momento hiciera buenas acciones. Y, haciendo alarde de la gentileza que me caracterizaba, les di sagrada sepultura a esas pobres almas que habían caído bajo nuestro yugo.

Yo me hice con un hermoso escudo que iba a acompañarme el resto de nuestras travesías en la isla.

Pero nuestro júbilo se vio empañado ante la información que el jefe de los bandidos nos dijo antes de huir por patas. Nos habló de los campamentos orcos y el Aliento Negro de la
Devoradora.

Pero eso sería otra historia.