La aventura de hoy fue idea de Ganjalf, nuestro gnomo druida, que quería volver a la madriguera de los escarabajos para conseguir unas raíces raras. A mí, Broldan, todo lo que sea recolectar plantas y condimentos con los que aromatizar la mantequilla me viene como anillo al dedo.

Nos acompañaron Cirrus, el gigante bárbaro más inteligente de su aldea (lo cual no es decir mucho, pero se le coge cariño), y dos pícaros: Blueno, un tiefling ladrón con algo de magia, y Steffan, un ladrón noble… o un noble ladrón, según el día.

Salimos desde Puerto Soldado bien alimentados, gracias a mi cocina: pollo a la mantequilla, pastel de manzana a la mantequilla, y un pequeño extra… mantequilla a la mantequilla. Sublime.

Al llegar a la zona de los escarabajos, vimos que unos bandidos merodeaban por allí. Steffan, con su labia afilada, los engañó para que volvieran a Ockless, su base central. Lo que no me gustó nada fue que nos hicieran pasar por bandidos también. Yo tengo mi orgullo, aunque huela un poco a vaca.

Superamos las arenas movedizas al inicio del territorio escarabajil—hubo que echar una mano a los menos fornidos, pero fue sencillo. Ascendimos por la ladera hasta la cueva de las setas luminiscentes. Cirrus sugirió que observáramos los patrones de movimiento de los escarabajos para evitar confrontaciones, pero yo sabía que eso era perder el tiempo. Así que me lancé de frente, como un toro… con bigote.

Fuimos eliminando a los escarabajos uno a uno. Ganjalf disparaba rayos de luz, los pícaros saltaban desde las sombras como si fueran parte del decorado, y yo, como siempre, al frente. Cirrus me cubría las espaldas, algo que siempre aprecio. Me gusta la gente que pelea hombro con hombro.

Tras abrirnos paso, llegamos a una gruta con un gran agujero. Ganjalf usó su magia para localizar las raíces, y gracias a eso conseguí recolectar tres. El sitio apestaba a muerte; claramente estábamos en su madriguera. Había restos humanos, armas especiales y un fragmento de diario bastante inquietante.

Descendimos por el agujero y encontramos un portal bañado en una brillante luz sedosa. Buscaron magia con rituales arcanos pero por lo visto era una magia que aunaba todas pero a la vez ninguna, pero lo importante vino después…

En lo más profundo de la cueva nos esperaba la Reina Escarabajo. Me lancé de inmediato, como era de esperar, y todo iba bien… hasta que salieron mas escarabajos de los que esperaba y estos me golpearon con dos ataques tan certeros que perdí la consciencia al instante.

Por suerte, la luz de la naturaleza de Ganjalf me trajo de vuelta. Entre todos conseguimos vencerla y salir vivos… por los pelos.

Entre los tesoros encontramos un anillo de protección, que se quedó Cirrus, y un amuleto de vida, que fue para Steffan. Con el botín recogido y el deber cumplido, volvimos a Puerto Soldado.

Esta aventura fue más fructífera de lo normal: conseguimos buen oro, buenas raíces, y lo mejor de todo… ¡por fin podré abrir mi establo de vacas! Me muero de ganas de hacer mi propia mantequilla.